lunes, 23 de marzo de 2026

Un crimen y una guerra que no dispararán el IPC

El pasado sábado un dron de fabricación turca bombardeó un hospital universitario en la región sudanesa de Darfur, una de las zonas más atormentadas del planeta aunque por aquí a casi nadie le suena. Unos dicen que era del Ejército sudanés, aunque igualmente podría ser del otro bando, los paramilitares de la Fuerza de Apoyo Rápido. Es lo de menos, porque nadie juzgará ni a unos ni a otros, ni a los fabricantes del arma asesina. Lo importante son las víctimas: más de sesenta personas muertas, cerca de cien heridas. Entre los muertos, trece niños y niñas confirmados, además médicos, enfermeras, pacientes -posiblemente embarazadas y parturientas, porque se habla de que la parte más afectada fue una maternidad.

Seguramente todas ellas de piel oscura; sin duda, todas ellas seres humanos, como ustedes y nosotros, ni mejores ni peores. No vemos todos los telediarios pero, todo lo más, alguno ocuparía los segundos justos para leer la noticia de agencia... y a otra cosa, porque las guerras que importan están en otro sitio, no muy lejos en el espacio, pero a años-luz en interés por parte de los medios de comunicación y de nuestra sociedad. El motivo es muy sencillo.

Este crimen, uno de tantos en esta guerra donde se llevan atacados unos dos mil centros sanitarios y en cuyos ataques han muerto más de dos mil seres humanos, y esta guerra, que empezó en 2023, que ha provocado millones de refugiados, en la que miles de niñas y mujeres han sido violadas y maltratadas y es incontable el número de vidas perdidas, no va a cambiar la faz del mundo. Es la peor catástrofe humanitaria del planeta, pero no hay riesgo de que desencadene una guerra mundial, ni que se utilicen armas nucleares. No tendrá repercusión en los tablones luminosos de precios de las gasolineras, ni disparará la cesta de la compra ni tiene pinta de abocarnos a una recesión. Esta guerra no nos fastidiará las próximas vacaciones de Semana Santa.

Pueden seguir matándose el tiempo que quieran, con la crueldad e intensidad que les parezca que, como mucho, como sucedió tras la caída de la ciudad de El Fasher el pasado octubre, nos conmoverán algunas imágenes sueltas de hombres armados matando uno tras otro a personas indefensas o alguna que otra noticia suelta. No nos vamos a poner exquisitos, ¿verdad? Sabemos cómo funciona el mundo y por eso casi nadie se enteró de que entre 2020 y 2022, al menos seiscientas mil personas murieron en Tigray, Etiopía, por más señas, al tiempo que decenas de miles de mujeres eran violadas y a muchas de ellas se les destrozaba el útero para que no pudieran concebir "enemigos". Como pasó con los 377.000 muertos de Yemen o con todos los seres humanos que en la República Democrática del Congo mueren, huyen o sufren cada día, y en este país el mundo tiene mucho que perder, pero ese sufrimiento no afecta al flujo de minerales -al contrario, los abarata- y nuestro mundo se sigue moviendo igual sean diez, cien o mil las congoleñas violadas en la impunidad de la guerra.

Habrá quien piense que todas estas palabras son muy duras, pero las palabras, pese a su fuerza, no son nada -salvo que sirvan para llamar la atención o para cambiar algo- frente a los drones de fabricación turca, los hospitales en ruinas que ya no salvarán a nadie o la indiferencia, voluntaria o no, que condena a lo peor a tantos seres humanos en función de donde viven o lo que hay bajo sus pies.

@CongoActual 

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