El 24 de febrero pasado se encontraban reunidos gran parte de los más altos oficiales del M-23 en una vivienda cerca de Rubaya. Obviamente alguien informó a la inteligencia militar congoleña y sobre las tres de la madrugada, un dron bombardeó el edificio. Varios de esos oficiales murieron aunque, al cabo de varios días, se comunicó solo un nombre: el de su portavoz militar y más mediático de sus miembros, el coronel Willy Ngoma. Además, aunque fue negado durante mucho tiempo, su líder militar, Sultani Makenga, resultó gravemente herido, aunque acabó recuperándose. Aunque ya se venían utilizando drones en los combates, aquello marcó un antes y un después en esa guerra olvidada. Por otra parte este ataque estaba también directamente relacionado con la entrada en la guerra de los mercenarios de Erik Prince y el ofrecimiento a EEUU por parte del gobierno congoleño de las mayores reservas mundiales de coltán, en poder del M-23 y cercanas al lugar del ataque.
Hasta entonces el M-23 no había barrido por completo al desorganizado y desmotivado Ejército congoleño gracias a la participación a su lado de los denominados wazalendos (patriotas), muchos de los grupos armados que masacran y saquean el Este congoleño pero que ante la entrada de lo que consideraron invasores ruandeses, se aliaron al Ejército, tantas veces su enemigo, para expulsar al M-23. Su bravura y la ventaja áerea congoleña, pese a su paupérrima fuerza área, contenían a unos rebeldes que aspiraban a llegar a Kinshasa.
Los drones que utiliza el Ejército congoleño
Las Fuerzas Armadas congoleñas (FARDC) se han abastecido en los mercados tradicionales de drones: Turquía y China, y comenzaron a hacerlo en 2023. Desde entonces hasta 2025 han adquirido 29, convirtiéndose en el mayor comprador africano de este armamento y el decimosegundo del mundo.
El modelo más utilizado es el chino CH-4, especialmente el CH-4B, que puede servir para reconocimiento o cargar y disparar armamento. En este caso su autonomía se reduce a 14 horas, pudiendo disparar desde 5.000 metros de distancia y cargar hasta 345 kgs. de armamento.
En cuanto a drones chinos, las FARDC también compraron varias unidades del Wing Loong, que puede cargar bombas guiadas, misiles aire-tierra y aire-aire y misiles antitanque, pudiendo utilizarse para ataques selectivos a larga distancia.
El otro modelo utilizado es el turco Bayraktar TB2, que puede cargar también una amplia variedad de armas y tiene 27 horas de autonomía. Además de haber sido utilizado en varios conflictos armados, su entrada en la guerra entre Ucrania y Rusia del lado ucraniano redujo la brecha militar que favorecía a los rusos.
Los TB2 pueden costar entre cinco y once millones de dólares por unidad. El 7 de febrero de 2025 se solicitó autorización a la primera ministra Judith Siminwa para la compra por más de 196 millones de dólares de tres drones y una estación de control a China, probablemente el modelo Wing Loong, del que finalmente se compraron tres unidades en el mes de abril de aquel año. Los CH4 Raimbow están en los dos millones de dólares.
Las paupérrimas fuerzas aéreas congoleñas y el uso de drones
Según el sitio globalfirepower.com las FARDC disponen de 38 helicópteros de transporte, 9 de ataque, 10 aviones de transporte y 6 de combate...
La realidad es otra en el caso de los aviones de combate. En principio las fuerza aérea congoleña disponía de Mikoyan-Gurevich MiG-23 Flogger et Sukhoi Su-25 Frogfoot, todos de fabricación soviética. Pero en varios años de seguir la actualidad congoleña, los únicos aviones en acción que han reflejado las distintas informaciones eran dos Sukhoi. Los otros, según otras informaciones, permanecían en tierra, deteriorándose sin remedio. Pero la historia de los Sukhoi también era penosa: el 24 de enero de 2023 uno de estos aparatos tras, según el ejército ruandés, invadir por tercera vez el espacio aéreo, recibió varios disparos de la defensa antiaérea que lo dañaron severamente. Tras un aterrizaje de emergencia parece que nunca fuera reparado y, desde entonces, la fuerza aérea congoleña contaría únicamente con un avión de combate y, posiblemente, un solo piloto congoleño que pudiera manejarlo.
Así parece que los drones llegaron para cubrir esa carencia, teniendo en cuenta que, además de los drones puramente de combate, como los descritos, existen otros modelos con posibilidades para la guerra. Unos están hechos para estrellarse ("kamikazes") y estallar y otros, los drones comerciales, los clásicos drones con cuatro hélices, se puede modificar para llevar pequeñas cargas o explotar al estallarse.
La RDC estaría desarrollando un modelo propio para vigilancia, que consistiría en un hexacóptero equipado con un sistema GPS, un controlador de vuelo, seis motores y una cámara. Además, desde 2013 opera en Kinshasa una fábrica sucursal de la china GD Tech que fabrica drones para uso civil.
Un problema añadido paras las FARDC es el pilotaje de esos drones. La compra de los drones chinos conlleva formación y mantenimiento pero, entre tanto, han tenido que contratar pilotos de diversas nacionalidades y, últimamente, serían los pilotos de Vectus Global, la empresa de mercenarios de Erik Prince contratada por el gobierno congoleño, quienes se ocuparían de los vuelos.
Drones del lado del M-23 y Ruanda
El M-23 también inició y ha ido aumentando el uso de drones, supuestamente facilitados o manejados desde Ruanda. La Inteligencia Militar congoleña habría documentado la utilización desde lado ruandés en apoyo de los rebeldes de drones Bayraktar TB2 equipados con misiles ligeros de precisión MAM-L. El Ejército también informó de ataques contra aeronaves militares con drones kamikazes "silenciosos" procedentes de Ruanda. En varias ocasiones el M-23 ha reivindicado ataques con drones de corto recorrido contra el aeropuerto de Kisangani, donde las FARDC tiene su centro de control de drones y, en general, los ha utilizado en importantes combates como los de la ciudad de Uvira, que controló en diciembre durante varios días. Contra los ataques aéreos Ruanda también ha utilizado sistemas de interferencia GPS -que ponen en peligro también a aviones civiles- y misiles tierra-aire y drones de reconocimiento estonios EOS.
Ruanda presenta todo un futuro relacionado en buena parte con la fabricación de drones. En noviembre del año pasado llegó a un acuerdo con Turquía para crear en Kigali una planta de ensamblaje de drones y coproducir armas pequeñas y sistemas tácticos ligeros. La checa TRL Group, que fabrica modelos de uso civil y militar y colabora desde 2022 con Ucrania con satélites de reconocimiento, tiene previsto comenzar a exportar en 2030 drones fabricados en Ruanda.
Uso creciente y daños "colaterales" sobre los civiles
Los drones aparecieron en esta guerra en 2023 y su uso no ha parado de crecer. En 2024 se registraron 20 ataques, 70 en 2025 y solo en febrero pasado hubo 31. El mayor poderío congoleño en este armamento ha reequilibrado una guerra en la que el M-23 no paraba de avanzar y solamente los wazalendo le hacían sombra. Además de ser importantes en la primera retirada del M-23, ha convertido la guerra en un toma y daca de avances y retiradas de unos y otros sobre el terreno, estableciendo la guerra como una rutina en la que nadie gana y los combates son cada vez más cruentos para la población civil.
Si los ataques con drones -además de fuego de morteros y helicópteros de ataque- se utilizan premeditadamente contra la población civil es difícil de saber dentro de la propaganda "de guerra" de unos y otros. El 12 de marzo civiles marcharon en Goma protestando por los ataques de drones contra la población civil, que un día antes habían matado en la ciudad a tres personas, una de ellas, trabajadora de UNICEF. Una información de la Cruz Roja, ya en 2024, achacaba el 40% de los heridos tratados en la provincia de Kivu Sur en el período medido a fuego de artillería y ataques aéreos.
Aunque el uso de drones ha equilibrado las fuerzas no parece que ello sirva para más que alargar la guerra y aumentar las consecuencias terribles de ésta para la población civil.
@CongoActual

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